Diálogos con Javier Ortiz y Carlo Antonio.

TEPETOTOTL

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Por: Fernando Hernández Flores*

 

www.eltotonacapan.com

 

Me reunía frecuentemente con Javier Ortiz Aguilar en las oficinas de la Coordinación General de la Universidad Pedagógica Nacional con sede en Xalapa, por aquellos años cuando comenzaba a incursionar en esto de la escritura de artículos periodísticos. Un día me citó para ir a visitar a un personaje muy importante en el ámbito académico e intelectual. Una persona que había escrito sobre una tal «Lupe la de Altotonga». Nos vimos temprano por maestros veracruzanos y tomamos el taxi para ir a la casa del distinguido maestro Carlo Antonio Castro.

 

Cuando llegamos, su esposa nos recibió con un «pasen están en su casa». No tardó demasiado en llevarnos directamente con el maestro. Al vernos, se levantó de su silla y nos saludó a Javier y a su servidor. En la casa del ilustre investigador, hubo suficiente tiempo para dialogar. Alrededor de él se encontraban varios medios de comunicación locales, en los cuales seguramente ya se había sumergido en sus lecturas. Entre sus comentarios, nos informó que estaba preparando unos sonetos en honor a la obra de Cervantes de Saavedra, «El Quijote de la Mancha». Además, que, en la Señorial Misantla a futuro presentaría un libro con relación al idioma originario, el totonaco misanteco. Era un hombre muy sabio y culto. Hablaba muchos idiomas de México y de otros países.

 

En seguida nos mostró y regaló la revista «El Tuno», editada por el Colegio Preparatorio de Xalapa; con Esteban Rizo Báez como director fundador de la Tuna y director de la Revista, teniendo como asesor general al Doctor Honoris Causa por la Universidad Veracruzana, Carlo Antonio Castro.

 

En el Tuno podemos encontrar una variedad de autores comprometidos con el arte del buen escribir, amantes de la poesía y de la musicalidad que en ellas se puede constatar. El número veintiuno de la revista se dedicó a las ciudades de Córdoba y Orizaba. Sin embargo, se hace una mención especial en el Tuno al escritor Emilio Carballido, hombre de letras, dramaturgo y narrador. De la revista, al leerla, se pudo rescatar el siguiente soneto de Carlo Antonio intitulado «El verso en sí»:

 

“El soneto se da sin más escándalo / porque sabes la lengua en que lo escribes; / con bien cortada pluma no te inhibes / y el opúsculo surge, así cantándolo.

 

Si el poema aparece, no te prives / de aprovechar fielmente el don y mándalo / entintar bien, a fe mía, dejándolo / que circule entre gente con quien vives.

 

Casi está ya el soneto acalorado / y los grados prescritos alcanzaste / con cualquier vientecillo que ha soplado.

 

No te ufanes si aliento exhalaste: / como gestor del verso transpirado / procura que su sabia no se gaste.”

 

A pesar de estar recién operado, por aquel tiempo, Carlo Antonio Castro seguía siendo un hombre con un gran espíritu de lucha ante la adversidad. Fue una persona amante de las letras, caracterizándose por su dedicación permanente a la escritura y sus análisis desde la lingüística. A través de sus obras, Antonio Castro nos enriquece y hace viajar a mundos desconocidos de nuestra bella patria, como son los lugares de Chiapas, Altotonga, Atzalan, Tlapacoyan y Jalapa. Su amor por el arte de escribir va más allá del simple hecho de nombrar las palabras, sino también de interpretar los mundos como menciona León Portilla en su poema «Cuando muere una lengua». Los instantes que me regaló Carlo, mostró ser una persona seria, honesta y muy concentrada en su quehacer literario. Carlo Antonio convivió de cerca con el antropólogo Gonzalo Aguirre Beltrán, ambos le dieron origen y prestigio a la Facultad de Antropología y al Museo de Antropología de la capital veracruzana.

 

Carlo Antonio Castro tuvo una formación como antropólogo, lingüista, poeta, etnólogo y autor de «Los Hombres verdaderos», «Lupe la de Altotonga» y «Jalapa: años treinta y cuarenta del siglo veinte». Convivió con tzeltales, tzotziles, totonacas y otros grupos étnicos del país. En ellos, se puede apreciar el recurso metodológico que utiliza el autor a manera de «historia de vida», herramienta fundamental de connotados antropólogos. Su interés por la lengua náhuatl y el reconocimiento que tiene de ella, sobre todo en la influencia que hay de la misma en nuestro hablar actualmente, es de suma relevancia, así como de reflexión y análisis para los lingüistas.

 

En otra ocasión, escribí sobre «El Señor Tlacuatzin», un libro de su autoría. El libro está bien documentado y se me ocurrió mencionar que había maneras de comer al tlacuache en el mismo texto. Cuando fui a ver al maestro Carlo Antonio, me llamó la atención que los defensores de los derechos de los animales le habían llamado porque había comentado sobre este marsupial y cómo es que se lo comían. Tuvimos la oportunidad de caminar por las áreas verdes de Las Ánimas con Javier y con Carlo Antonio. Con ambos tuve la oportunidad de aprender y comprender varias cosas desde mis pensamientos aún juveniles, hoy los recuerdo, Carlo Antonio de El Salvador y Javier de Altotonga. Los dos eran muy conocedores de los afrodescendientes, los pueblos originarios y de los trabajadores del campo.